Déjà vu

(Cuenca – Ecuador)

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Hoy volví a escuchar La Cumparsita, en la cadencia de una guitarra y un bandoneón. Entonces me pareció oír que mi viejo la volvía a silbar, moviendo los brazos en una danza sin tango pero con cosquillas para nosotros.

Me sucede desde que llegué. Cuenca -donde los aviones vuelan bajito como acariciando las chapas de los techos- tiene algo de deja vú, de historia conocida, de película que ya ví. Puede que sean sus murales galácticos, la repetición de las iglesias, la repetición de las iglesias, la repetición de las iglesias, la lluvia de abril o el sútil abrigo de una bufanda de colores. Hay en el té de cedrón y panela que convida Miguel la misma caricia desinteresada que brindan los amigos de La Plata, seres de corazones tamaño Godzilla, de sueños de papel y manos de poesía.

Allá y acá se funden en un mismo espacio. Todo es un juego de niños en una sala de espejos, una ronda de vagos aprendiendo a sobrevivir a base de plátanos y arroz o de mates con miel y flores. Bailamos sobre la cornisa con los ojos vendados, pero ¿qué más da?…sólo caer al vacío enciende nuestras alas.

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3 comentarios en “Déjà vu

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