Conucos

(La Azulita – Venezuela)

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Ángel celebra que por primera vez tiene cayos en las manos. “Siento que me estoy ganando lo que como”, dice con euforia mientras sus manos dibujan la enorme remolacha que recogió de la tierra. Cuando vuelva a Maracaibo, emporio de cemento y petróleo, Ángel llevará en sus manos el recuerdo del campo y las cicatrices del aprendizaje.

Para Pancho la agricultura convencional reproduce la vida de las oficinas; por sus horarios, sus preocupaciones monetarias, su falta de tiempo libre y, fundamentalmente, su stress. En Austria, le tocó trabajar en una hacienda donde todo -desde alimentar al ganado hasta regular la temperatura del suelo- lo hacía una computadora. El agricultor era un operario técnico. A Pancho no le interesan los tractores último modelo, ni las cosechadoras full HD. Sólo lleva consigo el bolsillo repleto de semillas y su machete preferido para salir a chaguar el monte

Claudia conoce cada matica, cada flor de su jardìn; sabe cuál alimenta, cuál regala su aroma y cuál sana. Con los ojos puestos en un arco iris tipo mandala, recuerda la frase de su abuela: “anillo en el sol, tormenta o temblor, anillo en la luna, novedad ninguna”. Claudia es leche de cabra en la mañana, fondiú de cambur y chocolate en la tarde, es sonrisa para recibir el sol, también para recibir la lluvia.

Sergio dejó atrás la ciudad de Mérida y la carrera de Ciencias Políticas para esquivar al sistema en un cielo habitado por tucanes. “No podemos hablar de revoluciòn sino hablamos de soberanía alimentaria”. Su hijo,  Emiliano Amarú, está cumpliendo años. Pintados los dedos de colores, saborea las galletas de avena y chocolate con formas de estrellas. Sergio habla de socialismo y de las comunas con un antifaz verde pintado sobre sus ojos. Después de todo, la revolución empieza en una sonrisa.

Levana ya tiene todo el cabello blanco de tiempo. Cada mañana seca cartón al sol y prepara los troncos que sostendrán el techo de la casa que pronto hará con sus manos. Serán días de cayapa, vendrán los amigos a poner también sus manos. Su hogar tendrá paredes de adobe y el cariño de lo colectivo.

En La Azulita se aprenden muchas cosas. Y se sabe, desde que nacieron los conucos, que cada porción de la tierra abierta es una llaga. Por eso trabajar la tierra de a muchas manos no sólo es cultivarla, también es curarla.

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