Mesas compartidas

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Los mejores platos son esos que caen del cielo y sin aviso. El arroz con sardinas que Judith nos convidó en su puestito rutero en la entrada de El Vigia, mientras hacíamos dedo a Barquisimeto; igual que el desayuno con torta de plátano que Nancy nos regaló en su casa de Ibarra, cuando merodeábamos la mañana camino al faro. El café inesperado que nos encontró en lo de Pedro en Cayambé, una tarde lluviosa del Mundial. De cada lugar visitado, nos llevamos la caricia de la generosidad que habita en las almas de este continente. Gestos sutiles que alimentan más al espíritu que al cuerpo, magias solidarias que agradecemos en nuestro corazón de mochila.

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